Días
atrás, con motivo de asistir al servicio de urgencias en un Centro
de Salud, me quedé “ojiplático” ante los comentarios del médico
de guardia que se lamentaba por el hecho de que la gente acudiese al
servicio de urgencias por una simple gripe o catarro, lo que
ocasionaba que se saturasen los servicios, retrasando así la
atención de los que realmente lo necesitaban. Un comentario que me
resultó quizás “algo ligero”, sobre todo teniendo en cuenta que
los ciudadanos de a pié no tenemos la capacidad de
auto-diagnosticarnos. Claro que al mismo tiempo me reconocía la
existencia de una mala planificación de las plantillas de médicos,
sustituciones por bajas, congresos, vacaciones, jubilaciones, etc.,
lo que a la larga venía a significar que cualquier persona con una
“patología menor” acabase en los servicios de urgencias debido a
que, en ocasiones, su medico de cabecera no pueda atenderle hasta una
semana más tarde de haber pedido la cita.
Este
eterno debate sobre la sanidad en Canarias y su mala gestión no es
nuevo, pero es evidente que nadie acude a un servicio de urgencias
-salvo que esté realmente mal- si su padecimiento puede ser atendido
por su médico de confianza el mismo día o al día siguiente, pero
si para ello hay que esperar una semana o más, quizás no pueda
aceptar el riesgo que esto conlleva y acabe finalmente en el Servicio
de Urgencias.
Los
canarios tenemos plena confianza en los médicos, pero no tanto en el
Servicio Canario de Salud, que durante los últimos años se ha
dedicado a socavar los cimientos del propio sistema sanitario, al
mismo tiempo que se favorecía negocio de las privadas.
En
estos últimos tiempos hemos visto aumentar el número de habitantes
sin que lo hiciese en la misma proporción los médicos y
especialistas, más bien al contrario; el cierre de plantas completas
de hospitales y una drástica reducción del número de médicos,
enfermeras y auxiliares ha sido una constante. Al mismo tiempo las
cifras de los conciertos sanitarios con la privada aumentan sin
parar. La guinda de este suculento pastel para determinadas
asociaciones politico-empresariales la ha puesto el actual Gobierno
Canario al poner a un destacado dirigente de la sanidad privada al
frente de la Consejería de Sanidad.
La
salud es sin duda el bien más preciado que tenemos, aunque no seamos
realmente conscientes hasta que nos falta, a nosotros o a nuestros
seres queridos. Y es por eso hasta feo que se negocie con ella, pero
ya sabemos que el dinero no entiende de sentimientos ni solidaridad.
Cada vez más se impone aquello de “tanto tienes, tanto vales”, o
lo que es lo mismo, si tienes dinero tendrás salud y si no... te
mueres.
Menos
mal que quedan muchos profesionales médicos, por encima de
conchabéos político-empresariales, que cada día ponen lo mejor de
si mismos para mantener en pie una sanidad canaria cada vez más
deteriorada.
En
Canarias hemos tenido la mala suerte de no contar con un Rafael
Bengoa, médico y especialista en gestión sanitaria. Experto en
salud pública y firme defensor de una sanidad pública universal. Es
el responsable -entre otros méritos- de que la sanidad pública
vasca sea hoy una de las mejores de España. La canaria a la cola…
por supuesto.
Salud,
divino tesoro.
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