domingo, 9 de agosto de 2026

Las sombras de la violencia machista: la mentira como arma de control y aislamiento, por Paco Vega

 


Por Paco Vega


Esta semana hemos vuelto a constatar la gravedad de la violencia machista cuando no se aborda con la urgencia y firmeza debidas. La muerte de una mujer Guardia Civil, víctima de su exmarido —también Guardia Civil y condenado previamente por violencia de género—, ha vuelto a llenar los medios de titulares y lamentos. La realidad se traduce con demasiada frecuencia en tragedias tangibles porque siguen existiendo lagunas legales en las que los agresores encuentran refugio.

​Sin embargo, antes de llegar a esos desenlaces trágicos, existe un largo historial de agresiones invisibles que suelen pasar desapercibidas para el entorno cercano y para los propios operadores jurídicos y policiales. La mentira, cuando se utiliza de manera sistemática y deliberada tras la ruptura, se convierte en una forma severa de maltrato psicológico. Su objetivo no es otro que alterar la percepción de la realidad de la víctima, minar su credibilidad ante la sociedad y mantener un vínculo perverso de control y castigo.

Difamación y triangulación social

​En este proceso, el agresor recurre con frecuencia a la difamación ante la familia, las amistades, el entorno laboral o las redes sociales. El propósito es aislar a la víctima, destruir su reputación y posicionar a su círculo en su contra en una búsqueda ciega de venganza por su propio orgullo herido. Frente a esto, la función del entorno familiar y social debe ser siempre la de arropar a la víctima, aun cuando no se comprenda toda la complejidad del proceso. Mañana pueden ser nuestras madres, hermanas o hijas las afectadas.

​Lamentablemente, en ocasiones son otras mujeres las que colaboran de forma indirecta con esta violencia: personas que se creen a salvo de estos patrones y que juzgan a la víctima con displicencia, culpabilizándolas por «permitir» el maltrato. Esta incomprensión, nacida de la ignorancia sobre las dinámicas del abuso, termina multiplicando el daño. Y cuando finalmente se consuma el impacto irreversible sobre la vida o la salud mental de la víctima, la sociedad se lamenta y busca culpables.

​Para romper este ciclo, resulta imprescindible abordar el problema desde la raíz: falta implantar un tratamiento psicológico obligatorio para estos agresores —a menudo reincidentes— que permita desactivar la manipulación y el control coercitivo antes de que se traduzcan en una tragedia irreparable.


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