sábado, 20 de mayo de 2017

Conflictos de pareja, por Paco Vega

En esta ocasión no será la política la que ocupe mi tiempo y estas palabras de reflexión que cada semana llevo hasta ustedes. Hoy voy a ocuparme de un tema que a todos, de una u otra forma, en primera persona o por allegados, acaba golpeándonos en la cara de la realidad.


Conflictos de pareja, por Paco Vega.

Sigo escuchando expresiones críticas, incluso en personas relativamente jóvenes, dirigidas a quienes deciden poner fin a una relación sentimental. Poco aguante, paciencia y cierta ligereza en la toma de decisiones, suelen ser algunos de los comentarios que se escuchan de los que no han tenido que pasar por el traumático momento de la separación.

Todos hemos valorado alguna vez, en época de tormenta sentimental, la hipotética decisión de un divorcio o ruptura de pareja. Todos en algún momento hemos reflexionado sobre cómo sería nuestra vida sin nuestra actual pareja. Nadie se escandaliza por ello, las separaciones están a la orden del día y ya es habitual conocer a personas que han tenido que superar varias rupturas sentimentales.

Existe también la visión machista de estos acontecimientos, reprobando conductas y comportamientos en la mujer que en el hombre son perfectamente tolerados y comprendidos, incluso por las propias mujeres. Es más tolerado que sea el hombre el que deje a la mujer, a que sea ésta la que tire la toalla en la relación. Es asombroso que esto suceda en el siglo XXI, pero sucede.


Hacer un análisis exhaustivo de los motivos que pueden conducir a la separación o divorcio de una pareja no es el motivo de esta modesta reflexión, un tema que daría para para varios libros especializados. Sin embargo pocas veces se habla de las parejas que teniendo razones sobradas para “romper” ese nexo de unión -ya sea religioso, civil o de hecho- continúan teóricamente unidos por muchos años.

Hay parejas que el único vínculo que les une es el techo que les cobija y a veces unos hijos en común, pero que en ocasiones ni se hablan. Hay parejas que llevan vidas paralelas, con amante incluido, en ocasiones consentido y otras ignorado. Hay parejas que se odian (literalmente), pero que unas veces por el dinero y otras por los hijos permanecen “unidos” por muchos años (al menos sobre el papel).

Los hijos son precisamente un obstáculo -a veces insalvable- en la toma de decisiones, cuando son pequeños por razones evidentes de distanciamiento de quien se queda sin la guarda y custodia, y cuando son mayores por no darles un disgusto o por presiones de los propios hijos que no admiten en sus padres lo que asumen con naturalidad para si mismos. Finalmente los hijos crecen, hacen sus vidas -en ocasiones salpicadas de sus propias rupturas sentimentales- mientras los padres languidecen de pena y depresión entre amagos de reconciliación y reproches continuos.

Entonces, ¿qué situación parece menos hipócrita?, la de las parejas que sin soportarse siguen unidos por los motivos antes citados, o los que “civilizadamente” deciden poner fin a la relación. Se entrecomilla intencionadamente la expresión “civilizadamente” porque lamentablemente pocas veces es así. En todo caso, mi respeto a unos y a otros por parte de los que vemos desde fuera y a veces desde dentro situaciones dantescas e injustas…, de permanencia o de ruptura.

Hay personas que llevando una relación aparentemente idílica no terminan de cuajar por frialdad y desinterés de su sus parejas, lo que con el paso de los años acaba apagando las escuálidas llamas del amor. La relación en estos casos termina por convertirse en un monótono discurrir del tiempo, sin más expectativa que ver pasar las hojas del calendario. Otras sin embargo, teniendo motivos sobrados para la separación, siguen juntos por los hijos, por el dinero o por el qué dirán. Si, aún hay gente que se preocupa del “qué dirán”...

En las relaciones de pareja no hay regla fija porque somos humanos y estamos expuestos a los vaivenes de la vida y de los sentimientos, que influyen sobremanera en nuestro estado de ánimo. Sobra decir que cada persona es un mundo y cada pareja un universo de contradicciones.

Luego viene la terrible ruptura. Seguramente habrá personas frías que lo lleven casi con normalidad, pero no es lo habitual. Las separaciones, aún siendo de mutuo acuerdo, son siempre dolorosas. Sin la premisa anterior acaba siendo aún más traumática. “La travesía del desierto” hay que pasarla. Si existe buena voluntad, a pesar del dolor, puede sobrellevarse mejor por ambas partes, pero cuando el odio y el rencor hacen su aparición, la ruptura se convierte en una tormentosa odisea con tremendas secuelas psicológicas. En ocasiones hasta los hijos son vilmente utilizados por los progenitores sin escrúpulos, sin pensar que están dañando lo más sagrado de la pareja, LOS HIJOS. A pesar de todo, siempre debemos intentar reconducir la situación por la vía de la civilizada y del diálogo. Por nuestra propia salud mental.

Nadie rompe una relación de años, muchas veces con hijos en común sin razones poderosas de fondo. El peaje que hay que pagar es demasiado alto, aún en la mejor de las situaciones.

En todo caso, vaya desde aquí mi admiración para las parejas que, pese a múltiples vicisitudes, consiguen llevar a buen puerto una relación cargada de respeto, amistad y comprensión. Para el resto sólo desearles suerte en la búsqueda de LA FELICIDAD, en pareja o en solitario.

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