sábado, 29 de junio de 2013

Fútbol, el opio que no me narcotiza. Por Enrique Bethencourt

A estas líneas sólo tengo que añadir que, lo bello es bello, independientemente de si viene de los pies de Iniesta, de los dedos de José Antonio Ramos o de la pluma de Enrique Bethencourt. Maestro Pancho.-

“¿En que se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales (Eduardo Galeano)
Desde análisis muy superficiales se suele ver a los aficionados al fútbol como una aborregada y exaltada masa de fanáticos, incultos y machistas; y, por supuesto, completamente alejados de cualquier preocupación que no sea el devenir de su equipo, las victorias y derrotas, las injusticias arbitrales, los apuros clasificatorias o los fichajes. Al parecer, somos integrantes, me incluyo, de un amplio grupo narcotizado por completo por el no tan nuevo opio del pueblo.
No digo que una parte del futbolero común no responda a ese estereotipo en una sociedad en la que predominan valores de competitividad y consumismo feroz, aunque la crisis económica haya torcido tendencias, y en la que los más infames programas televisivos obtienen audiencias masivas. Y no me estoy refiriendo sólo a los actuales telediarios.
Pero generalizar es manifiestamente injusto. Resulta plenamente compatible estar enamorado de la obra de Cortázar, Gabo, Lessing o Camus y disfrutar con las jugadas de Messi; menos con las que presuntamente o sin presunciones de ningún tipo le ha hecho al fisco, claro. Y deleitarse con Mozart, Charlie Parker, Mercedes Sosa o el timplista José Antonio Ramos y recrearse con los imposibles regates de Iniesta.
Se puede ser un impenitente futbolero y, al tiempo, estar plenamente preocupado, comprometido o implicado, al nivel que sea, en la búsqueda de salidas a los problemas políticos, sociales y económicos de la sociedad. Como le ocurre a los ‘enganchados’ a la gastronomía, el cine, el rock o la novela negra.
Racismo
Se puede amar al fútbol y no comulgar con los despropósitos económicos de los clubes, la permisividad hacia los grupos violentos o la pervivencia de comportamientos racistas en los estadios.
Pero tenemos nuestras debilidades, lo sé. Como señalé en una ocasión, si tengo que apuntarme a una religión -tardíamente, lo sé-, lo haré con aquella que garantice mi reencarnación. Con la esperanza puesta en que en una nueva vida, en una segunda oportunidad, alguna deidad generosa y deportiva me dotara de las cualidades futbolísticas de las que no gocé en modo alguno en esta.
Por otra parte, mi particular entusiasmo futbolero me ha convertido en apátrida del balón. Cuando España hacía un fútbol intolerable, con entrenadores que despreciaban la belleza y aún creían en la casposa furia, la selección no me motivaba en modo alguno y me daba igual que cayera en cuartos o en octavos. Por eso, en unas ocasiones fui apasionadamente holandés y en otras me transmutaba en brasileño o en francés.
Por cierto, dos de mis selecciones más apreciadas y las de que guardo mejor recuerdo perdieron los mundiales: la referida Brasil que ni siquiera llegó a la final en el 82 y la holandesa del 74 que sucumbió ante Alemania.
La cosa cambió cuando lo que hoy llaman La Roja comenzó a mantener una relación afectiva con la pelota. Cambio iniciado por Luis Aragonés y consolidado por Vicente del Bosque, coincidiendo con una extraordinaria generación de futbolistas. Y con muchas reminiscencias del modo de entender este juego colectivo por parte del Barcelona de la última década, heredero de Cruyff.
En medio de esta Copa Confederaciones y antes de que se celebre la final confirmo mi sincero aplauso hacia La Roja. Gane quien gane el domingo en la final ha sido el mejor equipo del torneo, con algunos minutos memorables, como la primera media hora ante Uruguay, y con una docena de jugadas de extraordinaria calidad.
Los anfitriones brasileños pueden ganar la Confederaciones, pero me han decepcionado bastante, sin quitar la brillantez individual de alguno de sus jugadores. Muy alejados del Brasil de Pelé de los 70 o del de Sócrates y Zico del mundial de España, se han olvidado del jogo bonito por una practicidad que tampoco les garantiza nada.
Decía Manuel Vázquez Montalbán que en Europa “la mayoría de intelectuales teorizadores pensaron de espaldas al fútbol o a lo sumo lo demonizaban como un moderno opio del pueblo”. Un singular opio, que quieren que les diga, que en muchas ocasiones me produce una sensación muy placentera y que, en modo alguno, llega a narcotizarme ni alienarme.
——————Puede seguirme también en Twitter: @EnriqueBeth
José Antonio Ramos: ‘Mar de nubes’
LOS QUE NUNCA SE ENAMORAN
Digo yo, ¿cómo será la vida de los que están en el fútbol y no lo viven desde la emoción, sino desde el resultado? De los que nunca se entusiasman con una buena jugada o un buen jugador, de los que se pasan los partidos sufriendo. ¿Qué será de ellos los sábados por la noche, cuando nosotros soñamos ilusiones y ellos hacen cálculos para no perder? ¿Cómo se siente un tipo que no siente?¿Cuánta intranquilidad les provoca el único habilidoso del equipo, que se ven obligados a alinear de titular? ¿Y cuánto miedo les causa el talentoso del equipo contrario?
¿Quién les habrá arrancado la fantasía tan bruscamente, como para dejarlos sólo con la incertidumbre?
¿Cómo aprenden a jugar los que nunca arriesgan?
¿Cómo se consuelan cuando pierden, los que sólo aman el resultado?
¿Qué saben de la alegría, los que nunca disfrutan?
¿Cómo descubren el placer, los que nunca ríen?
¿Cómo entienden el fútbol los que nunca quieren jugar? ¿Y la vida?
¿Cómo llegan a la felicidad los que nunca se enamoran?
Cuando ganan, ¿cuánto les dura el triunfo en el bolsillo?
Pobre gente, ¿no?
Fragmento del libro “La intimidad del fútbol”, de Ángel Cappa

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