martes, 24 de septiembre de 2013

COMPLEJO DE INFERIORIDAD Por Antonio Morales Méndez, Alcalde de Agüimes

La sangre de mi espíritu es mi lengua.
Miguel de Unamuno

No pretendo con este artículo criticar el aprendizaje de un idioma. El conocimiento de una lengua -o de varias- distintas a la materna es muy importante en este mundo globalizado. Es esencial para encontrar un trabajo y no lo es menos para comunicarnos mejor con otras culturas, para ejercitar el cerebro, para abrir espacios al conocimiento y la formación… Otra cosa es el afán cesarista de imponernos a toda costa un determinado idioma -el inglés- para reafirmar y reforzar el papel preponderante de un modelo económico, tecnológico, político y cultural que habla inglés y que lo utiliza como un elemento más de colonización sobre el resto de los pueblos del planeta.


Escribo esta reflexión al hilo de la intervención de la alcaldesa de Madrid ante el COI para defender la candidatura olímpica de Madrid para el año 2020. El discurso de Ana Botella elogiando las bondades de la capital de España rayó la estulticia, tal y como unos años antes lo hiciera su esposo Aznar cuando contestó a las preguntas de un periodista en un español con genuino acento norteamericano. Pudiéndolo hacer en español, que es su idioma, y tal como lo hacen los franceses, por ejemplo, cada vez que intervienen en un foro internacional, la regidora madrileña recurrió a la lengua de Shakespeare para hacer el mayor de los ridículos y convertirse en la diana de las bromas y el cachondeo. Presa de un provincianismo rampante que se traduce en un sometimiento de la política y de la economía al mundo anglosajón, la delegación española se convirtió en una caricatura burlesca de un país y de su dignidad.

Pero este complejo de inferioridad no es nuevo. No son pocas las veces que escuchamos a periodistas, analistas políticos y a otros opinadores criticar que Suárez, González y Aznar en su día y después Zapatero y ahora Rajoy no supieran hablar inglés. Afirman que no se puede ser presidente de un país sin dominarlo. De la misma manera se va extendiendo el mensaje de que no puedes acceder a determinados espacios de prestigio social si no sabes expresarte en esa lengua. Al tiempo que Francia es el país que más medios emplea para defender su idioma e impedir que se incorporen palabras extranjeras y que ha cuestionado en la ONU la primacía del inglés (“cierta dejadez lingüística ha favorecido una tendencia a hablar primero en inglés”, llegó a expresar Boutros-Ghali), por aquí poco a poco va perdiendo peso el orgullo y la obligación de defender un idioma que hoy hablan casi 500 millones de personas; que tras el chino mandarín es la lengua más hablada del mundo y el segundo en comunicación, detrás del inglés; que es uno de los seis idiomas oficiales de la ONU; que lo es también de numerosas organizaciones político-económicas internacionales; que es el segundo idioma más estudiado del mundo; que es el tercer idioma más empleado en la red (después de crecer un 800%); que es el segundo en Twitter…

Mientras cada día se habla un español cada vez más zarrapastroso, según Víctor García de la Concha, vamos dando paso a expresiones inglesas que nos van invadiendo sin que hagamos absolutamente nada. Así, un conocido programa de televisión designa a un “coach” para hacer seguimiento a los artistas noveles, en vez de ponerlos en manos de un preparador, un asesor, un supervisor, un instructor, un entrenador, un monitor, un tutor o muchas más acepciones; para conocer lo que se encuentra detrás del escenario o entre bastidores tenemos que ir al “backestage”; en noviembre pasado el Cabildo grancanario nos presentaba la Gran Canaria Fashion & Friends que estaba plagada de “show cooking”, pasarelas “workshops”, un espacio “the living room”, y contaba además con un “spray-on-fabric” y un “happy market”…; el actor Jorge Sanz inauguraba el otro día en Las Palmas de Gran Canaria un “coworking”, en vez de unos espacios compartidos; los mecenazgos o los patrocinios culturales ahora se llaman “crowfunding”; la hija del Jefe de la Casa Real se casaba en estos días con un entrenador que era su “personal trainer”; otra vez el Cabildo esta semana anunciaba la puesta en marcha del programa “Living Lab”, que incluye la formación de vendedores (“personal shopper”) y una plataforma “social shopping”; hace unos días un periódico local hacía una crónica de la visita de los reyes de Holanda diciéndonos que “Doña Letizia completó su “look” con salones “nude” y “clutch” de “print” serpiente”; incluso Rubalcaba lució camiseta para decirnos que podía conseguir ganar con un “We Can Do It”… Y podría seguir aportando innumerables ejemplos… Y menos mal que aún cantamos en español en Eurovisión y no hemos claudicado como muchos países europeos que han renunciado incluso a su lengua oficial para sustituirla por el inglés.

Pero no solo sucede con el idioma. En los colegios, en las academias, en internet, en el mundo mediático, a medida que se enseña el idioma, se nos va impregnando también de la cultura anglosajona y vamos viendo como la celebración de los “Finaos”, que honra a nuestros difuntos, se va sustituyendo por una especie de carnaval consumista que tiene a nuestros niños ahora de puerta en puerta pidiendo trucos o tratos sin sentido para imitar al mejor Halloween americano o vemos como un Papá Noel, inventado por la Coca-Cola, va ocupando un lugar en nuestras casas, a veces en detrimento de los Reyes Magos. Y vemos su primacía en la música, en el cine, en la televisión…

Ponía antes el ejemplo de Francia y la defensa de su lengua. Alemania está en estos momentos elaborando una propuesta para impedir el acceso a puestos de trabajo en su país a quién no conozca su idioma y el mismo Senado norteamericano, ante el auge del castellano, elaboró varias enmiendas y legisló para frenar su avance y porque, como declaró George Bush, el sueño americano solo se puede alcanzar hablando inglés. Y por lo que parece, también el sueño español.

Paradójicamente, a la vez que nos plegamos al dominio del inglés y renunciamos a nuestra lengua en los foros internacionales, en Latinoamérica la protección al idioma de Cervantes es digna de encomio. Celebran como nadie el Día del Idioma Español y expanden la lengua con ilusión, cariño y respeto. Resulta un contrasentido que el crecimiento del español y su defensa dependa fundamentalmente de los países del otro lado del Atlántico y de su gente. Aunque por aquí también se crean plataformas de intelectuales para defenderlo. Sí, pero del catalán. Y ni una palabra sobre la imposición y el acoso del inglés. Y no parece que un país sometido a los mercados y que ha cedido su soberanía política vaya a ser capaz de ir más allá.

En su día cité un texto de Manuel Vicent que quiero volver a compartir. Decía así: “A la hora de firmar un contrato internacional y de acceder a las últimas conquistas del cerebro humano, la lengua de Cervantes no sirve para nada. Hay que saber inglés. En este sentido conviene inculcar a nuestros escolares una idea básica: El castellano sirve para soñar, para rezar, para escribir bellas historias, para rememorar grandes hazañas del pasado, pero no interviene en absoluto en la economía mundial ni en el pensamiento científico. Su zona de máxima influencia está en los sótanos del Imperio, donde se friegan los platos y se cargan los paquetes”.

Ese es el reto, prestigiar el idioma que une a una comunidad de quinientos millones de personas y que es valorado solo por un 2% de la población europea; poner coto al lingüicismo, como lo describe Skutnabb-Kangas, que segrega, discrimina, estigmatiza o excluye a los individuos o los pueblos en función de la lengua que hablen y romper el imperialismo lingüístico que no solo se queda en el habla sino que desarrolla estructuras de poder y dominación a través de un sistema político y económico que necesita también imponer un idioma como parte importante del control de la ciencia, la economía, la cultura, la educación… Pero eso no se consigue con el ejemplo de Ana Botella renunciando a su idioma para chapurrear el inglés. Para quedar más “cool”.

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