lunes, 2 de septiembre de 2013

¿Y si te toca?


Kurt Wallander, el entrañable policía de la serie de Henning Mankell, dijo en una ocasión respecto a los mirones que se reúnen alrededor de la escena de un crimen: “Yo creo que más bien los atrae el saberse en las cercanías de la crueldad, con la tranquilidad de que no es uno mismo el afectado, claro”. En la misma línea de análisis sobre como vivimos la violencia y sus consecuencias, Teun Adrianus van Dijk, profesor de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, señala que las diferentes formas  de negatividad pueden contemplarse como expresiones de nuestros propios temores “y el hecho de que las sufran otros proporciona tanto alivio como tensión a causa de esa especie de participación delegada en los demás”.


Pero no voy a hablarles aquí de la violencia. O sí, ¿o no forma parte de ella la condena al desempleo, al empobrecimiento o a la exclusión social? ¿O no está muy vinculada con la misma las crecientes restricciones en el derecho a la Educación o a la Sanidad –en esta última llegando incluso a la exclusión de colectivos enteros-, los desahucios de viviendas o la voladura poco controlada de laLey de la Dependencia?
Tengo la impresión de que ese distanciamiento que Wallander/Mankell y Teun van Dijk plantean respecto a la violencia se reproduce en otros muchos temas de la vida cotidiana.
¿Cuál es nuestra mirada ante esa realidad, ante esos hechos, más allá de la constatación estadística? Considero que se dan distintas miradas. Está la del desprecio, la de los que cuando ven a alguien margullando en un contenedor de basura entienden que se lo ha ganado a pulso, que es un fracasado o un parásito social; de la misma manera que algún obispo entiende, y lo afirma públicamente, que las mujeres maltratadas o los menores violados por adultos “se lo han buscado”, han “provocado” la situación, confundiendo interesadamente a víctimas y verdugos.
Solidaridad
Claro que frente al egoísmo y el desprecio a los ‘caídos’ se encuentra también la mucho más bella mirada solidaria, la de los que intentan ponerse en el lugar del que sufre, la de los que desde el plano individual o participando en organizaciones sociales muy diversas intentan paliar la situación de las personas que, por distintas circunstancias, han perdido todo o casi todo.
También, por supuesto, desde el ámbito de la política, que no se trata solo de aliviar y de cubrir las urgencias de hoy, imprescindible sin duda, sino al mismo tiempo de edificar un mañana más justo e igualitario.
Claro que todo se percibe de forma más nítida cuando los problemas afectan a gente muy cercana. Lo he vivido recientemente con una persona con la que mantengo relación desde que estudiamos el Bachillerato en la entonces Universidad Laboral de Las  Palmas. Un profesional competente que, con las lógicas dificultades de estos tiempos convulsos, lograba sacar adelante a su familia con su modesto sueldo. El pasado mes de mayo su empresa le comunicó que se veía obligada a bajarle su salario en un 35% (triplicando ampliamente el 10% de reducción que poco después exigirían, casi al unísono, el FMI y Bruselas)colocándolo de la noche a la mañana por debajo del mileurismo.
Angustia
Tiene, como yo, más de 50 años, y es consciente de las enormes dificultades que a esa edad se encuentran para recolocarse profesionalmente, máxime en una sociedad como la canaria, con un 33% de desempleo. Y vive con angustia cómo poder abordar el pago de los libros de texto y el material escolar de sus dos hijos (que se llevan más de la mitad de su nuevo salario), la hipoteca del día primero de cada mes o el IBI del próximo noviembre, sin que ello implique que los suyos dejen de comer. Ha buscado la solidaridad de los más cercanos en familia y amigos, pero sabe que es sólo un parche, que así salva una bola de partido pero que mañana llegarán, inevitablemente, otras.
“Ahora”, me dice, “cuando observo a alguien buscando comida en los contenedores de basura del supermercado cercano a mi casa, ya no lo veo como algo lejano. Por primera vez he comprendido que puedo ser yo el próximo, como puedo ser el próximo en dejar de sufragar la hipoteca y verme en la puerta de la calle de una casa que llevo quince años pagando puntualmente”.
¿Y si te toca?
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